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Archive for 8/04/2018


Enric Juliana

Hemos de defender lo nuestro y a los nuestros”. Estas palabras de María Dolores de Cospedal en la convención del Partido Popular que este fin de semana tiene lugar en Sevilla, definen la palidez de la fuerza dominante. El Partido Alfa se está volviendo rifeño. Los ministros cantan El novio de la muerte y la secretaria general-ministra de Defensa llama a cerrar filas ante los graves peligros inminentes. El Partido Popular se halla mentalmente en el barranco del Lobo, cerca de Melilla, estribación del monte Gurugú donde hubo un gran desastre militar en 1909, pocas semanas después de la Setmana Tràgica de Barcelona. Esperaban munición de Alemania y al abrir las cajas se han encontrado con una desagradable sorpresa. Las cosas pintan mal en el barranco del Lobo. “Estamos en una batalla”, reconocía ayer Soraya Sáenz de Santamaría
El Partido Alfa tiene miedo. Miedo de convertirse en un fósil viviente, desbordado por las exigencias contradictorias de una nueva época en la que todo el mundo protesta: los que van bien y los que van mal. Asustado por su declive electoral, decepcionado con Alemania, enfadado con la prensa europea, el Partido Popular puede sentir la tentación africanista: “Nos están dejando solos en Europa. Hemos de defender lo nuestro y a los nuestros”.
España, por si lo habíamos olvidado, ha ejecutado una devaluación de salarios y expectativas sociales bajo una lluvia constante de escándalos de corrupción. “Llevo tres años en España y cada noche en el telediario hay un caso de corrupción, este país un día puede estallar”, me comentó en una ocasión un embajador británico. Al envejecido Partido Alfa le ha surgido un competidor que parece diseñado por Charles Darwin (y por el Ibex 35). Ciudadanos quiere ser el nuevo Partido Popular, a todos los efectos. El primero en verlo fue José María Aznar y acogió la idea con entusiasmo. Últimas encuestas solventes situan al Partido Popular ligeramente por debajo del 20%, casi empatado con el PSOE y con Podemos, mientras Ciudadanos se dispara hacia arriba. La nueva derecha darwinista se aproximaría al 30% recogiendo a todos aquellos que quieren más higiene, menos regulación económica y más mano dura en Catalunya.
El Partido Popular tiene miedo y la convención de Sevilla se ha convertido en el escaparate de todos sus temores. “Hemos de defender lo nuestro y a los nuestros”. Una encina ha aparecido en el logotipo del partido. Un árbol resistente en un país de inviernos y veranos duros. La marca de la gaviota está quemada, pero el partido de Mariano Rajoy, obligado a evocar la solidez y estabilidad del Estado, no puede hacer como Convergència, el gen todavía dominante en Catalunya, que ha cambiado cuatro veces de etiqueta (Junts pel Sí, Democràcia i Llibertat, PDECat, Junts per Catalunya) en menos de cuatro años. Hay cosas que sólo las pueden hacer los lampedusianos catalanes en el interior de una espiral de sueños y emociones –el procés– especialmente concebida para el transformismo. El Partido Popular ha plantado una encina en la convención de Sevilla y de sus ramas ya penden dos ahorcados: la extradición de Carles Puigdemont y la reputación de la Comunidad de Madrid.
“Nos han dejado solos en Europa”. Este es el amargo comentario de este fin de semana. No se lo esperaban. El Gobierno ha quedado medio noqueado, después de dar por segura la extradición. La imagen de Puigdemont bajando esposado las escalerillas de un avión alemán en el aeropuerto de Barajas. Su posterior ingreso en prisión. Gobierno de gestión en Catalunya. Juicio a los dirigentes soberanistas antes de Navidad con sentencia a principios del nuevo año. Condenas duras. Condenas ejemplarizantes. Nuevo aviso a Catalunya, para los siglos de los siglos. La consagración del teorema del juez Pablo Llarena, que dice haber descubierto en Catalunya una violencia de nuevo tipo: la violencia pasiva.
Esta era la agenda. Esta podía haber sido la pista de despegue de las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 2019, en las que se va a decidir, entre otras cosas, el futuro de las dos derechas españolas. Esa puede seguir siendo la agenda de los próximos meses, puesto que no hay que descartar que el juicio a los acusados de rebelión tenga lugar en las fechas previstas y el caso de Puigdemont se vea más adelante, en el supuesto de que Alemania conceda la extradición por malversación. Un supuesto que la ministra alemana de Justicia, Katarina Barley (SPD) colocó ayer entre paréntesis, con mayúsculo enfado del ministro español de Exteriores, Alfonso Dastis. Un enfrentamiento con Berlín. Lo último que se podía imaginar Rajoy, cuya principal apuesta estratégica desde 2011 ha sido la de no chocar nunca con la canciller Merkel. La derecha española más nacionalista ya se lo está reprochando. “Hemos cumplido siempre las exigencias alemanas y a cambio no hemos exigido nada”, escribía ayer Cayetana Álvarez de Toledo en El Mundo.
Los jueces de Schleswig-Holstein han roto el teorema Llarena. Las manifestaciones en Barcelona por la libertad de los presos serán más masivas que nunca. Los soberanistas se hallan ante un paisaje que han de saber interpretar con más inteligencia que euforia. Puigdemont empleó ayer un lenguaje especialmente prudente en Berlín. Su destino queda en manos de las autoridades alemanas –las declaraciones de la ministra Bayden así lo enfatizan–, mientras se consolida un mainstream europeo: lo de Catalunya debe arreglarse políticamente, sin secesión y sin venganza.
Las dos derechas están estupefactas, el PSOE parece presa de una larga enfermedad del sueño, Podemos vuelve a hablar de la España plurinacional. Y subsiste la tentación rifeña: “Lo nuestro y los nuestros”.

http://www.lavanguardia.com

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